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Todo sobre el sector del juego online en España

El juego crece entre las adicciones digitales

El juego crece entre las adicciones digitales

«Ahora cualquier chaval cree que va a tener resuelta la vida jugando a la consola o al póker por Internet», explica Francisco Abad, presidente de la Asociación Malagueña de Jugadores de Azar en Rehabilitación (Amalajer). A la sede de esta organización, en calle Diego Vázquez Otero, acaba de llamar una madre en pleno ataque de angustia porque su hijo, menor de edad, ha amenazado a su marido por quitarle el mando de la PlayStation para que dejase de jugar. Al auge de las casas de apuestas deportivas, apoyadas en una estructura publicitaria que ha extendido su negocio tentacular hasta el patrocinio de equipos y torneos de primer nivel, con campañas para las que prestan su imagen iconos como Cristiano Ronaldo o Rafa Nadal, se suman los problemas de adicción por el uso de videojuegos como Fortnite, Call of Duty, Grand Theft Auto o League of Legends.

En Amalajer, donde la edad media de los jugadores ha descendido «de forma preocupante» en los últimos años, lo tienen claro: «Del uso al abuso hay un paso, pero del abuso a la dependencia la línea es tan fina que nadie se da cuenta hasta que la cruza». Uno de los grandes problemas de la ludopatía, reconocida como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud (OMS), reside en la falta de síntomas externos. «Enseguida nos damos cuenta de que alguien tiene un problema con el alcohol o con las drogas, pero la adicción al juego tarda mucho más tiempo en detectarse», relata la psicóloga de la asociación, Raquel Castro. La facilidad para acceder a préstamos y microcréditos, a menudo sazonados con intereses salvajes en letra minúscula, terminan de complicar la situación, aunque también es posible desarrollar ludopatía sin dinero de por medio.

El grupo Triora, especializado en el tratamiento de estas patologías, alerta del peligro de que menores y jóvenes adquieran malos hábitos e incluso padezcan problemas de adicción por el uso de consolas y dispositivos electrónicos durante el verano, cuando tienen más tiempo libre. El director de Nuevas Adicciones de esta clínica privada, Antonio Soto, aconseja a los padres «programar un horario de juego en función de la edad de sus hijos» y aplicar medidas de prevención como el control parental. También la directora de Proyecto Hombre en Málaga, Belén Pardo, advierte de la necesidad de «reducir los factores de riesgo y potenciar los factores de protección» a través de actividades familiares: «Cada vez vienen más jóvenes adictos al juego, sobre todo menores. Nosotros proponemos el reencuentro de las familias, que los adolescentes salgan y disfruten de la vida en lugar de aislarse con una máquina».

El descontrol en el uso de videojuegos, más allá de partidas esporádicas, a menudo resulta imperceptible para los padres. «A veces nos confiamos pensando que, como están en casa con el ordenador o la consola, nuestros hijos no se exponen a los riesgos que encontrarían en la calle, pero los peligros son otros y hay que vigilar el tiempo de conexión», recomienda Castro antes de enumerar los indicios más comunes de la adicción tecnológica entre niños y jóvenes: «Hay que preocuparse cuando detectemos que prefieren jugar antes que estar con sus amigos y muestren cambios de ánimo o mal humor cuando falla la conexión, desajustes horarios, bajada del rendimiento escolar o irascibilidad».

A diferencia de sus compañeros de terapia, Carlos prefiere dar su nombre real. Tiene 22 años y lleva casi tres en tratamiento por su adicción al videojuego League of Legends. Lo probó con unos amigos del instituto y acabó jugando hasta trece horas diarias robadas al sueño, los estudios y cualquier atisbo de vida social o familiar. Ahora reconoce que su dependencia era más compleja de lo que imaginaba: «Si no jugaba, me ponía vídeos o descargaba cosas. Pasaba todo el día conectado. No quería levantarme de la cama si no tenía Internet». No ha probado Fortnite, la última revelación del sector de los videojuegos, «ni ganas», pero le basta un simple vistazo a su entorno de amigos para darse cuenta de que el problema «no son tres chavales viciados, sino algo mucho más grave».

El tratamiento varía en función de las recaídas y del nivel de consciencia que el ludópata tenga sobre su problema, pero suele prolongarse durante más de dos años y consta de tres etapas destinadas a reconstruir la autoestima, las formas de ocio y las relaciones de los jugadores. En Amalajer, donde la atención es completamente gratuita, alertan: «Muchos padres quieren una solución rápida, pero no hay recetas mágicas para esto. Un problema de cinco años no puede resolverse en cinco minutos». Los casos se complican cuando la adicción ha generado deudas, como suele ocurrir con las apuestas. Uno de los primeros objetivos del tratamiento consiste en delegar la gestión de la propia economía en alguien de confianza, por lo general un familiar directo, para evitar que los pacientes manejen dinero. «Se tienen que preocupar de no jugar, eso es lo más importante», explica la trabajadora social Lorena Zorrilla: «Del dinero pasa a ocuparse la familia o algún amigo, y en caso de que haya deudas tratamos de realizar actos de conciliación con los bancos para reducir o frenar los intereses».

La adicción a las apuestas tiene un efecto devastador sobre los enfermos, que gravitan siguiendo el recorrido de un círculo vicioso; pierden dinero y tratan de recuperarlo para dejar de jugar, pero siguen acumulando pérdidas que pesan como una losa sobre su conciencia, o bien ganan y continúan apostando hasta que pierden y siguen jugando, creyendo que volverán a ganar como ocurrió al principio. Es el caso de Ana, de 28 años, que ha llegado a jugar 800 euros en unas horas. En tratamiento desde marzo, esta auxiliar administrativa acumula una deuda cercana a los 16.000 euros que va saldando con su prestación por desempleo: «No sé qué haré después si no encuentro trabajo». Confiesa haber recaído una vez, poco después de reconocer su problema con la ruleta, un sumidero por el que se han hundido sus ahorros y su amor propio. «Mi mente y mi cuerpo no podían más. Iba pidiendo préstamos y sumando deudas, aunque prefiero no hacer cuentas porque me enfado conmigo misma», relata aún bajo los ecos de un sentimiento de culpa a menudo azuzado por el entorno social, incapaz de reconocer la ludopatía como una adicción similar a la dependencia al alcohol o las drogas.

La proliferación de salones de juego de empresas como Luckia, Codere o Sportium sirve como metáfora del crecimiento vertiginoso del sector, que en la provincia de Málaga cuenta con casi 70 establecimientos desde que la Junta de Andalucía aprobase en septiembre el reglamento de apuestas deportivas tras resistirse durante años. En otras comunidades autónomas, como Madrid o País Vasco, estas apuestas presenciales están permitidas desde 2008 y han causado estragos en barrios humildes donde algunos locales han aparecido con pintadas como «Su riqueza, tu ruina», «Con los obreros no se juega» o «Fuera del barrio, primer aviso».

Baja por depresión

A Alba, de 27 años, el sueldo le duraba horas en el bolsillo. «A veces superaba el límite diario del banco y estaba todo el día esperando hasta las doce de la noche para volver a apostar», recuerda. Esta comercial, de baja por depresión, «sabía que tenía un problema, pero no podía pararlo». La primera vez que jugó llevaba cinco euros y salió del local con 200. Fue su perdición: «Había días que sabía que iba a perder todo lo que llevaba, pero acababa yendo igualmente». Llegó a Amalajer en abril «con ganas de morirme» tras haber perdido cerca de 20.000 euros, también en la ruleta. Ahora nunca lleva dinero encima, «como mucho un euro que me da mi madre para ir a por el pan», y sueña que juega «y que fumo, porque acabo de dejar el tabaco para quitármelo todo de golpe», pero sabe que en realidad se trata de una pesadilla.

El juego ‘online’, que comenzó a consolidarse durante los peores años de la crisis, movió 560 millones de euros el año pasado en España, descontando premios y reapuestas. El sector, dominado por multinacionales dedicadas a las apuestas deportivas como Bet365, Bwin, 888 o William Hill, crece cada ejercicio y ha extendido su modelo a los videojuegos a través de los e-sports y otras competiciones similares, que reparten premios millonarios, un anzuelo demasiado tentador para muchos chavales. Mario llegó a fingir un robo en casa de sus padres: «Rompí las ventanas y revolví los cajones, aunque sabía perfectamente dónde estaba el dinero. Luego lo aposté». Poco después hizo algo parecido en la vivienda de su hermano. Ha tardado meses en confesar que había sido él: «Ahora me dice todos los días que me quiere y que está orgulloso de mí por haberlo reconocido y estar en terapia». Ya vislumbra la salida.

Fuente: DiarioSur